miércoles, 21 de abril de 2010


Cada vez que aparece, las puntitas de mis pies se asoman un poco más al desfiladero... él con la mano en mi espalda y su risa tramposa. Yo, con mis eternas ganas de aventarme y sentir como se me sube el corazón a la garganta. Ésta es la segunda vez que me roba toda frase inteligente, cualquier argumento que me sirva de coraza contra el filo de sus ojos. Los versos se me escurren de la boca, se me escapan y anidan en cada uno de sus recovecos, van dejando sus huellas por caminos que después recorro con mi lengua, borrando cualquier vestigio, como queriendo evitar que alguien sepa que estuve ahí, aunque yo guarde su sabor por siglos. Cada vez tardo más en regresar, me quedo ahí atorada. Él mete las manos en mi cabello y se enreda con los hilos de mi cabeza, tira y tira y sigue tirando de mis pensamientos todavía días después, como deidad que exigie fe del feligrés y pone traspiés para que éste último termine por necesitarle, por ser adicto a su milagro... soy una marioneta en su teatro de 3 metros cuadrados. Las plataformas de donde tengo que saltar cada vez son más altas, el agua cada vez más profunda, más densa y yo nado y nado y contengo la respiración, tiemblo pero no me rompo, siento pero no sucumbo, y tengo que liarme la sensatez a la pata de la cama porque vuela como un globo lleno de helio. Su boca es un espiral hipnótico, una ventosa que me succiona hasta el último gramo de voluntad y mi Gestas se asoma, lo contengo como puedo y me dejo absorver como un calmado Dymas. Todavía lo quiero poco humano, casi irreal, etéreo. Gestas no deja de reclamar carne y tierra o la demostración de un poder supremo, cuando ambos sabemos que cualquiera de las dos cosas acabaría conmigo. Por hoy prefiero al suave Dymas que al voráz mal ladrón... total, en algún momento me inclinaré al lado izquierdo, como siempre. El mesías, dios de arena, patria de golondrínas, titiritero, dedo en el gatillo, círculo en la sien, venda en los ojos... un televisor de plasma para una mujer en estado primitivo.
A very very long post data: No se me importa un pito que un hombre tenga una piel de durazno o de papel de lija, le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezca con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarle una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no le perdono, bajo ningún pretexto, que no sepa volar. Si no sabe volar, pierde el tiempo conmigo. ¿Verdad que no hay diferencia sustancial entre vivir con una vaca o con un hombre que tenga las nalgas a setenta y ocho centímetros del suelo? Yo, por lo menos, soy incapaz de comprender la seducción de un hombre pedestre, y por más empeño que ponga en concebirlo, no me es posible ni tan siquiera imaginar que pueda hacerse el amor más que volando.

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